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INFIELES Y POLÍGAMOS

 

 

 

Por Paula Puebla

 

A salvo del remolino de la academia y con un uso del lenguaje simple, Esther Vilar publica en 1975 El varón polígamo como prolongación natural de su primer obra, El varón domado. Repudiada y omitida por los feminismos de ayer y de hoy, los planteos de Vilar quiebran una y otra vez el modelo de discurso promedio e ilustran con picardía una figura femenina realista e histórica, poderosa y estratega. Acusada de misógina y machista, y en un estruendo monocorde que sólo tiene resto para criticar al hombre demoníaco, Esther Vilar se preocupa por definir el sexo débil: ¿quién es la mujer patriarcal? 

 

Como anticipaba en su primera publicación en 1971, la escritora le adjudica al sexo femenino un carácter casi teatral: una capacidad innata no solo para maximizar y explotar las diferencias con los hombres a conveniencia sino también para pasar por la porción débil e indefensa de la humanidad, y así sacar los provechos correspondientes. La mujer logra la doma del hombre, que –a través de estímulos más o menos pavlovianos– trabajará sin opción para satisfacerla y que, con abnegación, construirá ladrillo a ladrillo y con el sudor de su frente el gran muro del patriarcado. “Una mujer es un hombre que no necesita ser hombre; un hombre es una mujer que no puede ser mujer”. El trabajo asalariado es condición para el mundo del capital. En consecuencia, para Vilar una mujer es un hombre que no trabaja porque puede elegir no hacerlo, mientras que el hombre es alguien que nace sin la opción y con la carga de la obligación del sustento. De este vecindario de acción, tal vez pueda entenderse el por qué del hombre como patriarca y por qué no existe –sino en breves comunidades– la opción del idilio feminista del matriarcado. Pero ¿cuál es el secreto de este género femenino para convertirse en el receptáculo del altruismo? ¿Cómo logra el sexo débil aventajarse de los perpetuadores patriarcales? Esther Vilar le adjudica esta notable virtud a las capacidades femeninas de convertirse en “objetos de pupilaje” a través de la exaltación de una debilidad y una necesidad de protección inexistentes. La mujer patriarcal actúa inferioridad y se aniña en busca de un padre proveedor y convierte en regla táctica el yugo de la mujer oprimida, sitio desde el que se victimiza y donde se regodea para profundizar aún más la supuesta grieta en los poderes. ¿Y qué recibe el varón domado a cambio? Primero, tener un sujeto en el que volcar todo su instinto protector que, atravesado por el intelecto, se convierte en altruismo, característica que refuerza las polaridades fuerte–débil. En segunda instancia, el hombre es recompensado a través del sexo. “El hombre prefiere representar un papel paternal improcedente respecto a una persona adulta cuyo cuerpo le sirva ocasionalmente para calmar su apetito sexual antes que renunciar por completo a la satisfacción de los dos impulsos sociales más importantes”, argumenta Vilar.  En sincronía con lo que Catherine Hakim explica en El capital erótico sobre las diferencias en el deseo sexual entre mujeres y hombres y que llama “déficit sexual masculino”, la autora explica que el poder le corresponde a quien tenga el instinto sexual más debilitado y concluye “El poder femenino es la infraestructura de todas las estructuras de poder (…) El poder del sexo más potente es incluso la premisa para que funcionen otros sistemas dominantes”. ¿Se podrá decir entonces que el sexo, como estricta moneda de cambio, es la agenda secreta de este rasgo del patriarcado? Con esta configuración, la historia de los matrimonios heterosexuales  manejan vínculos que el padre–esposo sostiene con su hija–esposa, lo cual presenta algunos inconvenientes en lo que concierne a las satisfacciones sexuales, dado que “un hombre cuyo empeño sea el de concentrar los instintos sexual y protector en una mujer (…) se verá ante una situación esquizofrénica muy especial”. La sexualidad marital se convierte en tabú, gracias a la infantilización de la mujer y del tipo de relación de dependencia que establece, y “por eso, los individuos más sensitivos buscan lo antes posible un escape de sus relaciones incestuosas y se refugian en la poligamia o en la mojigatería”, escribe Vilar. Se derrumban así, desde adentro, los cimientos del Occidente monógamo y el hombre, insatisfecho y exhausto, “buscará quietud para su alma en la pluralidad de mujeres”. Esther Vilar justifica: “La poligamia masculina tiene una causa fundamental: la capacidad del hombre de satisfacer con mujeres tanto el impulso protector como el instinto de reproducción. Da la impresión de que el hombre podría amar simultáneamente a dos mujeres pero, en realidad, sólo puede querer a una como mujer: la otra es su hija”

 

 

 

 

 

Si nos remitimos a las instituciones religiosas, el Islam reconoce, incorpora y regula en el Corán la figura de la poligamia. Lejos de emparentarse con la lectura machista y occidentalizada que se hace de este libro sagrado, el matrimonio musulmán permite lo que de este lado del mundo se condena. Atendiendo las urgencias de años de belicismo, cuyo resultante eran números alarmantes de viudas y huérfanos, el Corán –a diferencia de otros credos– institucionaliza la poligamia con el fin de permitirle a un hombre matrimonio con más de una mujer, camino cuyo fin no es lúdico sino que se basa, nuevamente, en el sustento. Si bien hay una fantasía sobre lo que ocurre en esta filosofía –hombres con harenes que comen del racimo de uvas que sus hembras le acercan a la boca– existen reglas estrictas y sagradas que delimitan los permisos a los matrimonios múltiples. Es condición necesaria el consentimiento de la mujer para que su varón pueda contraer otras nupcias. El hombre puede tener un máximo de cuatro esposas y debe –y sino debe abstenerse–  mantenerlas económicamente a todas, a sus hijos y atender las emergencias de todos los miembros de su familia política. "...Si teméis ser injustos para con los huérfanos, no os caséis más que con dos, tres o cuatro, de las mujeres que os gusten. Más si aún teméis no poder ser equitativos con ellas, casaos con una sola", dice el Corán. Por eso, hoy por hoy el número de hombres casados con más de una mujer, se limita a quienes tienen un alto poder adquisitivo y garantizan el cumplimiento de la palabra sagrada. Además, la poligamia se presenta en el Islam como solución viable a otro tipo de problemáticas sociales: las relaciones sexuales extra matrimoniales, el consumo de prostitución y el divorcio. La posibilidad de construir relaciones no monógamas diluye ciertas presiones  –por ejemplo, sexuales–  que empujan a muchos matrimonios a las crisis, la judicialización de las separaciones, etc. 

 

 

El último grito de Michel Houellebecq da cuenta de un interés subterráneo sobre los beneficios de la poligamia. En Sumisión –novela que comparte fecha de publicación con el atentado terrorista contra la revista Charlie Hebdo en París–, un profesor universitario hundido en el hastío de su vida ve aterrizar la nave de la Hermandad Musulmana en las pistas de una Francia más volcada a la derecha que nunca. François, desde su óptica atea y su vitalidad ya marchita, nota uno a uno los cambios en su acotado circuito social tras las elecciones del año 2022. El régimen islámico expulsaría a Myriam significativa, su única amante, y a su familia hacia Israel junto a un número importante de judíos. El sexo femenino desaparecería de una vida social que hasta el momento presenciaba: “el mantenimiento de una vida social aceptable en ausencia de mujeres (…) era un reto difícil de superar”. También el aspecto de las mujeres cambiaría sin contemplaciones: “La detección de los muslos de las mujeres y la proyección mental reconstruyendo el coño en su intersección, proceso cuyo poder de excitación es directamente proporcional a la longitud de las piernas desnudadas, eran en mí tan involuntarias y maquinales, genéticas en cierta forma, que no había tenido conciencia de ello inmediatamente, pero ahí estaban los hechos: los vestidos y las faldas habían desaparecido. (…) La contemplación del culo de las mujeres, mínimo consuelo fantasioso, también se había vuelto imposible”, escribe Houellebecq. La educación –cimiento clave para la construcción y proliferación del Islam– quedaría en manos de franceses necesariamente conversos. La reconfiguración del país se vería estampada en cada uno de los días de la vida cotidiana de François, quien cautivado por una tentadora propuesta para reincorporarse a la Sorbona, se encuentra en el dilema de “doblegarse ante la férula del nuevo régimen saudí” o terminar sus días sin los provechos de su ateísmo y alejado de sus intereses intelectuales. El profesor admite: “Por primera vez en mi vida me había puesto a pensar en Dios, a contemplar seriamente la idea de una especie de Creador del universo que vigilaba todos mis actos, y mi primera reacción fue muy clara: era, simplemente, miedo”. ¿Cómo decide el protagonista de Sumisión continuar su vida en esta inminente Francia islámica? ¿Cuáles serían las recompensas del nuevo orden para abandonar la explanada del trinomio republicano liberté, egalité, fraternité? “Como sin duda la mayoría de los hombres, me salté los capítulos consagrados a los deberes religiosos, a los pilares del islam y al ayuno, para ir directamente al capítulo VII: ¿Por qué la poligamia?”. Hace aparición reiterada la sexualidad como valor de recompensa, como fuerza suficiente para empujar a una civilización moderna al retorno del más duro de los patriarcados. Convencido por la oferta económica que le otorgaría su nuevo lugar en la universidad, François se preocupa ahora por la cantidad de mujeres a las que tendrá acceso legítimo y de cómo, inundadas por las telas de los burqas, podrá elegirlas para satisfacer sus deseos. Despejadas sus más íntimas dudas y tras una breve ceremonia religiosa, el destino del profesor estaría fijado: François no extrañaría nada.  

 

Notas
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