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RESEÑA DE AGUA

 

 

 

Por Pablo Milani

                                                               Agua

                                                               Ariel Bermani

                                                               Zona Borde

                                                               85 páginas

 

El agua como materia intrínseca y un hombre sentado -anónimo- sin otro escenario que una silla de plástico con las patas traseras un poco vencidas. Ese es el puntapié inicial de la novela Agua de Ariel Bermani (Gran Buenos Aires, 1967). Una novela enigmática, con una voz que actúa como guía y que aleja cualquier posibilidad de distracción. Un personaje que mira un mundo desintegrado hacia atrás. Su pasado -inconexo- describe la realidad desde un tiempo abstraído, pese a su potencial descriptivo. Agua es una novela que nunca decide un lugar a dónde ir, sino que más bien se mezcla en un presente que de algún modo también perteneció a otro tiempo. 

Son fragmentos que se presentan como ilusorios por el peso fatal de sus personajes. Un monólogo interior: el de un hombre que atraviesa sueños como llanuras incendiadas de las que fue testigo.  Aquí no importa demasiado el final, sino el mientras tanto. El declive de un hombre y la necesidad de mostrarse solo a través de su mundo interior. Esta sensorialidad, sin embargo, admite una razón eclipsada por ciertos pasajes narrativos que forjan un deseo, la imposibilidad de seguir como hasta ahora. Un destino como descripción que articula un dolor y el no saber cómo continuar. Bermani agota la elipsis allí donde la narración es convocada y repite los hechos hasta demostrar que esa repetición vuelve inagotable al personaje principal. 

Agua es un devenir de emociones que intenta salir y que finalmente no sale.  Persiste en la crisis de un universo raptado como imágenes instantáneas y sucesivas. Aunque con distinta pasión, surge de una intencionalidad el hecho de que esta historia pueda ser pensada como la inundación de un cuerpo o como una vida sobre un suelo inseguro. 

Un barrio natal inundado puede ser traducido como la misma infancia y el posterior desenlace de un camino que no quiere ocultar su derrota. Parece querer devolverle su destino, encontrarle un lugar a salvo donde el personaje pueda escucharse y entramar la inflexión de voces diferentes. Los padres sin vida dejan a la intemperie del personaje cualquier ubicación estable y posible. Una lengua presa que intenta salvarse de la superficie en una ciudad inconsciente donde se cruzan caballos como sueños.

Como Nadie nada nunca de Saer, Agua describe un lugar que esta implícitamente rodeado de fragmentos. Como si esa agua que crece despacio no trajera de modo definitivo ese amanecer soñado como cualidad firme y real. Sus personajes experimentan un aparente orden y descubren aquello que la mirada habitual pasa por alto. Esa atracción misteriosa es movida por una fuerza natural e inconsciente donde Bermani lucha con la razón en tercera persona. “Lo que no se desarrolla, a la larga, se atrofia. El lenguaje también es un músculo.”

Ariel Bermani también escribió las novelas Veneno (Emecé, 2006), El amor es la más barata de las religiones (HUM, 2009) y Quedarme acá (Eloísa Cartonera, 2014), entre otras.

 

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